Hace algunos años, en la secundaria nos encargaron comprar y leer el libro El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano.
En esa epoca, parecia aburrido leer una historia sobre epocas antiguas de Mexico.
Pero al avanzar en los parrafos, uno se envuelve en la historia. Pero por qué cuento esto.
Por la simple razon que es una histroria espejo del Mexico actual en el que vivimos.
Violencia, corrupcion y muerte innundaban nuestro país en aquel entonces, asi como ahora.
Quiero citar algunas partes que a todos les pareceran interesantes.
En esa epoca, parecia aburrido leer una historia sobre epocas antiguas de Mexico.
Pero al avanzar en los parrafos, uno se envuelve en la historia. Pero por qué cuento esto.
Por la simple razon que es una histroria espejo del Mexico actual en el que vivimos.
Violencia, corrupcion y muerte innundaban nuestro país en aquel entonces, asi como ahora.
Quiero citar algunas partes que a todos les pareceran interesantes.
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El terror
Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de 1861, y ya el pueblo
de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la noche. Tal
era el silencio que reinaba en él. Los vecinos, que regularmente en estas
bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias, acostumbraban
siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a tomar
un baño en las pozas y remansos del río o a discurrir por la plaza o por
las huertas, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los dinteles
de su casa, y por el contrario, antes de que sonara en el campanario de la
parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban
en sus casas, como si hubiese epidemia, palpitando de terror a cada
ruido que oían.
Y es que a esas horas, en aquel tiempo calamitoso, comenzaba para los
pueblos en que no había una fuerte guarnición, el peligro de un asalto de
bandidos con los horrores consiguientes de matanza, de raptos, de incendio
y de exterminio. Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles.
Por horrenda e innecesaria que fuere una crueldad, la cometían
por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre
las gentes y divertirse con él.
El carácter de aquellos plateados (tal era el nombre que se daba a los
bandidos de esa época) fue una cosa extraordinaria y excepcional, una
explosión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había visto jamás
en México...>>
El terror
Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de 1861, y ya el pueblo
de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la noche. Tal
era el silencio que reinaba en él. Los vecinos, que regularmente en estas
bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias, acostumbraban
siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a tomar
un baño en las pozas y remansos del río o a discurrir por la plaza o por
las huertas, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los dinteles
de su casa, y por el contrario, antes de que sonara en el campanario de la
parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban
en sus casas, como si hubiese epidemia, palpitando de terror a cada
ruido que oían.
Y es que a esas horas, en aquel tiempo calamitoso, comenzaba para los
pueblos en que no había una fuerte guarnición, el peligro de un asalto de
bandidos con los horrores consiguientes de matanza, de raptos, de incendio
y de exterminio. Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles.
Por horrenda e innecesaria que fuere una crueldad, la cometían
por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre
las gentes y divertirse con él.
El carácter de aquellos
bandidos de esa época) fue una cosa extraordinaria y excepcional, una
explosión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había visto jamás
en México...>>
<<...Además, hay que advertir que los plateados contaban siempre con muchos
cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas,
y que las pobres autoridades, acobardadas por falta de elementos de defensa,
se veían obligadas, cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones
con ellos, contentándose con ocultarse o con huir para salvar la
vida.
Los bandidos, envalentonados en esta situación, fiados en la dificultad
que tenia el gobierno para perseguirlos, ocupado como estaba en combatir
la guerra civil, se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos
y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la
comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las
haciendas y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos
y poniendo en práctica todos los días, el plagio, es decir, el secuestro
de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate.
Este crimen, que más de una vez ha sembrado el terror en México, fue introducido
en nuestro país por el español Cobos, jefe clerical de espantosa
nombradía y que pagó al fin sus fechorias en el suplicio...>>
cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas,
y que las pobres autoridades, acobardadas por falta de elementos de defensa,
se veían obligadas, cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones
con ellos, contentándose con ocultarse o con huir para salvar la
vida.
Los bandidos, envalentonados en esta situación, fiados en la dificultad
que tenia el gobierno para perseguirlos, ocupado como estaba en combatir
la guerra civil, se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos
y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la
comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las
haciendas y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos
y poniendo en práctica todos los días, el plagio, es decir, el secuestro
de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate.
Este crimen, que más de una vez ha sembrado el terror en México, fue introducido
en nuestro país por el español Cobos, jefe clerical de espantosa
nombradía y que pagó al fin sus fechorias en el suplicio...>>
Este pasaje nos explica de manera muy bien la situación de la época. Pueblos temerosos de los criminales, autoridades impotentes y corrompidas por miedo y por avaricia. Los crimenes quedan impunes en los caminos y pueblos gracias a esto.
De manera paralela, en el libro se presentan dos historias romanticas, que de igual manera nos enseñan algo.
Uno, de una juven llamada Manuela, que se enamora de un jefe de los plateados llamado el Zarco, quien titula el libro. Lo ponen como un hombre sanguinario, valiente, audaz y peligroso. Demostrandose luego, ser cobarde, mentiroso y mezquino.
Estos plateados se ganaron el nombre por su gusto por robar plata y ostentarla lo mas que se podia, de manera similar a lo que hoy hacen los terroristas del narco en México.
<<...El caballo que montaba era un soberbio alazán, de buena alzada, musculoso,
de encuentro robusto, de pezuñas pequeñas, de ancas poderosas
como todos los caballos montañeses, de cuello fino y de cabeza inteligente
y erguida. Era lo que llaman los rancheros un caballo de pelea. El jinete
estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros,
los más charros de hoy. Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados
de plata, calzoneras con doble hilera de chapetones de plata. unidos por
cadenillas y agujetas del mismo metal; cubríase con un sombrero de lana
oscura, de alas grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo
de ellas una ancha y espesa cinta de galón de plata bordada con estrellas
de oro; rodeaba la copa redonda y achatada una doble toquilla de
plata, sobre la cual caían a cada lado dos chapetas también de plata, en
forma de bulas rematando en anillos de oro. Llevaba, además de la bufanda
de lana con que se cubría el rostro, una camisa también de lana debajo
del chaleco y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de
marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón
se ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena
de cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de
plata metido en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba
bordada profusamente de plata; la cabeza grande era una maca de
ese metal, lo mismo que la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba
lleno de chapetes, de estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo
negro, de hermoso pelo de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un
mosquete, en su funda también bordada, y tras de la teja veíase amarrada
una gran capa de hule. Y por dondequiera, plata en los bordados de la
silla, en los aciones, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre
que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo. Era mucha
plata aquella, y se veía patente el esfuerzo; para prodigarla por donde
de encuentro robusto, de pezuñas pequeñas, de ancas poderosas
como todos los caballos montañeses, de cuello fino y de cabeza inteligente
y erguida. Era lo que llaman los rancheros un caballo de pelea. El jinete
estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros,
los más charros de hoy. Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados
de plata, calzoneras con doble hilera de chapetones de plata. unidos por
cadenillas y agujetas del mismo metal; cubríase con un sombrero de lana
oscura, de alas grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo
de ellas una ancha y espesa cinta de galón de plata bordada con estrellas
de oro; rodeaba la copa redonda y achatada una doble toquilla de
plata, sobre la cual caían a cada lado dos chapetas también de plata, en
forma de bulas rematando en anillos de oro. Llevaba, además de la bufanda
de lana con que se cubría el rostro, una camisa también de lana debajo
del chaleco y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de
marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón
se ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena
de cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de
plata metido en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba
bordada profusamente de plata; la cabeza grande era una maca de
ese metal, lo mismo que la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba
lleno de chapetes, de estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo
negro, de hermoso pelo de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un
mosquete, en su funda también bordada, y tras de la teja veíase amarrada
una gran capa de hule. Y por dondequiera, plata en los bordados de la
silla, en los aciones, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre
que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo. Era mucha
plata aquella, y se veía patente el esfuerzo; para prodigarla por donde
quiera. Era una ostentación insolente, cínica y sin gusto. La luz de la luna
hacía brillar todo este conjunto y daba al jinete el aspecto de un extraño
fantasma con una especie de armadura de plata; algo como un picador
de plaza de toros o como un abigarrado centurión de Semana Santa.>>
hacía brillar todo este conjunto y daba al jinete el aspecto de un extraño
fantasma con una especie de armadura de plata; algo como un picador
de plaza de toros o como un abigarrado centurión de Semana Santa.>>
¿Se les hace familiar?
Como buena historia, debe tener un final feliz, o al menos tranquilizador. Para nuestra suerte como lectores y como Mexicanos, si lo tiene, y lo importante, que nos da una importante leccion, que como ciudadanos y estando hartos como estamos, de toda esta situacion sangrienta, que podria ser una luz entre toda esta obscuridad que nos lleva vertiginosamente a un punto sin retorno del que nos sera casi imposible recuperarnos.
<
la puerta de la sala, y varios bandidos, cubiertos de polvo y con el traje
desordenado por una larga caminata, se precipitaron adentro con aire
azorado, y preguntando por Salomé Plasencia, por el Zarco, por el Tigre
y por los demás jefes.
Salomé y los otros fueron a su encuentro.
–¿Qué hay? –preguntó aquél, mientras que todos los plateados iban formando
círculo en torno suyo y cesaban, como es de suponerse, la música
y la algazara del baile.
–Una novedad –respondió uno de los recién llegados, sofocándose–.
Hemos corrido diez leguas para avisarles… Martín Sánchez Chagollán,
el de Ayacapixtla, con una fuerza de cuarenta hombres, ha sorprendido a
114
Juan el Gachupín y a veinte compañeros y los ha colgado en la catzahuatera
del Casasano.
–¿Y cuándo? –preguntaron en coro los bandidos aterrados.
–Anoche, a cosa de las diez los sorprendió. Estaban emboscados esperando
un cargamento que iba a pasar, cuando Martín Sánchez les cayó,
los acorraló y apenas pudieron escaparse cinco o seis, que vinieron a buscarnos
y que se han quedado heridos y no han podido venir hasta acá.
–¿Pero… qué?… ¿no pelearon esos muchachos? –preguntó Salomé.
–Sí, pelearon, pero los otros eran más y traían muy buenas armas.
–¿Y qué, no tuvieron aviso?
–¡Eso es lo que extrañamos!, pero creo que la gente comienza a ayudar
a Martín Sánchez y a faltamos a nosotros.
–Pues, es preciso vengar a nuestros compañeros y meter miedo a las
gentes, para que no se vayan a voltear enteramente contra nosotros. Mañana,
amaneciendo, todos vamos a salir de aquí, y que se nos reúnan los
demás que andan dispersos, y vamos a buscar a Martín Sánchez y a ver
si es tan bueno contra quinientos hombres como contra treinta. Conque
alístense para mañana.
–¿Y qué hacemos con los presos? –preguntó uno.
–Pues esos que se mueran –dijo Salomé–, ¿para qué queremos estorbos?…
Tú, Tigre, anda, y mátalos luego luego.
–Mira, Salomé –dijo el Tigre, adelantándose–, mejor dale esa comisión
al Zarco; él sabe bien matar a los muertos –añadió con desprecio.
–¿Matar a los muertos dices, Tigre?
–¡Si, matar a los muertos! –replicó el Tigre–; acuérdate de Alpuyeca.
–¡Pues ya verás si sé matar también a los vivos! –replicó el Zarco, lívido
de cólera.
–¡Bueno, bueno –dijo Salomé, interponiéndose–; no queremos disputas;
cualquiera es bueno para despachar a los presos! El caso es que no
amanezcan; llévenle la orden al Amarillo y vámonos. Se acabó el baile...>>
la puerta de la sala, y varios bandidos, cubiertos de polvo y con el traje
desordenado por una larga caminata, se precipitaron adentro con aire
azorado, y preguntando por Salomé Plasencia, por el Zarco, por el Tigre
y por los demás jefes.
Salomé y los otros fueron a su encuentro.
–¿Qué hay? –preguntó aquél, mientras que todos los plateados iban formando
círculo en torno suyo y cesaban, como es de suponerse, la música
y la algazara del baile.
–Una novedad –respondió uno de los recién llegados, sofocándose–.
Hemos corrido diez leguas para avisarles… Martín Sánchez Chagollán,
el de Ayacapixtla, con una fuerza de cuarenta hombres, ha sorprendido a
114
Juan el Gachupín y a veinte compañeros y los ha colgado en la catzahuatera
del Casasano.
–¿Y cuándo? –preguntaron en coro los bandidos aterrados.
–Anoche, a cosa de las diez los sorprendió. Estaban emboscados esperando
un cargamento que iba a pasar, cuando Martín Sánchez les cayó,
los acorraló y apenas pudieron escaparse cinco o seis, que vinieron a buscarnos
y que se han quedado heridos y no han podido venir hasta acá.
–¿Pero… qué?… ¿no pelearon esos muchachos? –preguntó Salomé.
–Sí, pelearon, pero los otros eran más y traían muy buenas armas.
–¿Y qué, no tuvieron aviso?
–¡Eso es lo que extrañamos!, pero creo que la gente comienza a ayudar
a Martín Sánchez y a faltamos a nosotros.
–Pues, es preciso vengar a nuestros compañeros y meter miedo a las
gentes, para que no se vayan a voltear enteramente contra nosotros. Mañana,
amaneciendo, todos vamos a salir de aquí, y que se nos reúnan los
demás que andan dispersos, y vamos a buscar a Martín Sánchez y a ver
si es tan bueno contra quinientos hombres como contra treinta. Conque
alístense para mañana.
–¿Y qué hacemos con los presos? –preguntó uno.
–Pues esos que se mueran –dijo Salomé–, ¿para qué queremos estorbos?…
Tú, Tigre, anda, y mátalos luego luego.
–Mira, Salomé –dijo el Tigre, adelantándose–, mejor dale esa comisión
al Zarco; él sabe bien matar a los muertos –añadió con desprecio.
–¿Matar a los muertos dices, Tigre?
–¡Si, matar a los muertos! –replicó el Tigre–; acuérdate de Alpuyeca.
–¡Pues ya verás si sé matar también a los vivos! –replicó el Zarco, lívido
de cólera.
–¡Bueno, bueno –dijo Salomé, interponiéndose–; no queremos disputas;
cualquiera es bueno para despachar a los presos! El caso es que no
amanezcan; llévenle la orden al Amarillo y vámonos. Se acabó el baile...>>
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Martín Sánchez Chagollán
Ahora bien: ¿Quién era el hombre temerario que se había atrevido a colgar
a veinte plateados en los lugares mismos de su dominio, y que así había
causado aquel movimiento en el cuartel general de los bandidos?
El nombre de Martín Sánchez Chagollán no era enteramente desconocido
en Xochimancas, de modo que no causó sorpresa, pero sí la causó, y
muy grande, saber lo que había hecho.
¡Colgar a veinte plateados en los catzahuates de Tetelcingo, es decir, en
el corazón mismo de aquella satrapía en que no dominaban más que el
crimen y el terror!
Pero, ¿quién era ese hombre? ¿Era acaso un jefe del gobierno, apoyado
en la ley y contando con todos los elementos de la fuerza pública, con el
dinero del erario y con el concurso de las autoridades y de los pueblos?
Nada de eso. Martín Sánchez Chagollán, personaje rigurosamente histórico,
lo mismo que Salomé Plasencia, que el Zarco y que los bandidos a
quienes hemos presentado en esta narración, era un particular, un campesino,
sin antecedentes militares de ninguna especie; lejos de eso, había
sido un hombre absolutamente pacífico que había rehusado siempre
mezclarse en las contiendas civiles que agitaban al país hacía muchos
años, y así, retraído, casi tímido, vivía entregado exclusivamente a los
trabajos rurales en un pequeño rancho que tenía a poca distancia de Ayacapixtla,
cerca de Cuautla de Morelos. Y con todo esto, era un hombre de
bien a toda prueba, uno de esos fanáticos de la honradez, que prefieren
morir a cometer una acción que pudiera manchar su nombre o hacerlos
menos estimables para su familia o para sus amigos.>>
Martín Sánchez Chagollán
Ahora bien: ¿Quién era el hombre temerario que se había atrevido a colgar
a veinte plateados en los lugares mismos de su dominio, y que así había
causado aquel movimiento en el cuartel general de los bandidos?
El nombre de Martín Sánchez Chagollán no era enteramente desconocido
en Xochimancas, de modo que no causó sorpresa, pero sí la causó, y
muy grande, saber lo que había hecho.
¡Colgar a veinte plateados en los catzahuates de Tetelcingo, es decir, en
el corazón mismo de aquella satrapía en que no dominaban más que el
crimen y el terror!
Pero, ¿quién era ese hombre? ¿Era acaso un jefe del gobierno, apoyado
en la ley y contando con todos los elementos de la fuerza pública, con el
dinero del erario y con el concurso de las autoridades y de los pueblos?
Nada de eso. Martín Sánchez Chagollán, personaje rigurosamente histórico,
lo mismo que Salomé Plasencia, que el Zarco y que los bandidos a
quienes hemos presentado en esta narración, era un particular, un campesino,
sin antecedentes militares de ninguna especie; lejos de eso, había
sido un hombre absolutamente pacífico que había rehusado siempre
mezclarse en las contiendas civiles que agitaban al país hacía muchos
años, y así, retraído, casi tímido, vivía entregado exclusivamente a los
trabajos rurales en un pequeño rancho que tenía a poca distancia de Ayacapixtla,
cerca de Cuautla de Morelos. Y con todo esto, era un hombre de
bien a toda prueba, uno de esos fanáticos de la honradez, que prefieren
morir a cometer una acción que pudiera manchar su nombre o hacerlos
menos estimables para su familia o para sus amigos.>>
<<...Vivía, pues, Martín Sánchez tranquilamente consagrado a sus labores,
como lo hemos dicho, cuando estando ausente él y su esposa, cayó a su
rancho una gran partida de plateados.
El anciano padre de Martín y sus hijos se defendieron hcroicamente,
pero fueron dominados por el número, asesinado el anciano, así como
uno de los hijos, saqueada la casa e incendiada después, y destruido todo
lo que constituía el patrimonio del honrado labrador.
Cuando Martín Sánchez regresó de México, adonde había ido, no encontró
en su casa más que cenizas, y entre ellas los cadáveres de su padre
y de su hijo, que no habían sido sepultados aún porque los otros hijos,
heridos y ocultos en el monte, no habían podido venir al rancho.
En fin, aquello era el horror y la desolación.>>
como lo hemos dicho, cuando estando ausente él y su esposa, cayó a su
rancho una gran partida de plateados.
El anciano padre de Martín y sus hijos se defendieron hcroicamente,
pero fueron dominados por el número, asesinado el anciano, así como
uno de los hijos, saqueada la casa e incendiada después, y destruido todo
lo que constituía el patrimonio del honrado labrador.
Cuando Martín Sánchez regresó de México, adonde había ido, no encontró
en su casa más que cenizas, y entre ellas los cadáveres de su padre
y de su hijo, que no habían sido sepultados aún porque los otros hijos,
heridos y ocultos en el monte, no habían podido venir al rancho.
En fin, aquello era el horror y la desolación.>>
<
bien, como lo hemos visto con Nicolás, encontraba difícilmente patrocinio,
un bandolero contaba con mil resortes, que ponía en juego tan luego
como corría peligro. Y es que, como eran poderosos, y tenían en su mano
la vida y los intereses de todos los que poseían algo, se les temía, se les
captaba y se conseguía, a cualquier precio, su benevolencia o su amistad.>>
bien, como lo hemos visto con Nicolás, encontraba difícilmente patrocinio,
un bandolero contaba con mil resortes, que ponía en juego tan luego
como corría peligro. Y es que, como eran poderosos, y tenían en su mano
la vida y los intereses de todos los que poseían algo, se les temía, se les
captaba y se conseguía, a cualquier precio, su benevolencia o su amistad.>>
<<...Martín Sánchez le dio un informe detallado, que el presidente escuchó
con su calma ordinaria; pero que interrumpió a veces con señales de indignación.
Al concluir Sánchez, Juárez exclamó:
–¡Eso es un escándalo, y es preciso acabar con él! ¿Qué desea usted para
ayudar al gobierno?
Entonces, animado Martín Sánchez por esas frases del presidente, lacónicas
como todas las suyas, pero firmes y resueltas, le dijo:
–Lo primero que yo necesito, señor, es que me dé el gobierno facultades
para colgar a todos los bandidos que yo coja, y prometo a usted, bajo
mi palabra de honor, que no mataré sino a los que lo merecen. Conozco a
todos los malhechores, sé quiénes son y los he sentenciado ya, pero después
de haber deliberado mucho en mi conciencia. Mi conciencia, señor,
es un juez muy justo. No se parece a esos jueces que libran a los malos
por dinero o por miedo. Yo ni quiero dinero ni tengo miedo.
Lo segundo que yo necesito, señor, es que usted no dé oídos a ciertas
personas que andan por aquí abogando por los plateados y presentándolos
como sujetos de mérito que han prestado servicios. Desconfíe usted
de esos patrones, señor presidente, porque reciben parte de los robos y se
enriquecen con ellos. Por aquí hay un señor que usa peluca güera, que
toma polvos en caja de oro, y que recibe cada mes un gran sueldo de los
bandidos. Ese da pasaportes a los hacendados para que pasen sus cargamentos
de azúcar y de aguardiente sin novedad, pagando por supuesto
una fuerte contribución. Ese, con el mismo dinero de los plateados, se procura
influencias y nombra autoridades en la tierra caliente, y liberta a los
presos, como liberó al Zarco, el otro día, un ladrón y un asesino que merecía
la horca. Ese, por fin, es el verdadero capitán de los plagiarios, que
vive de los robos y sin arriesgar nada, y ese, si yo lo viera por mi rumbo,
aunque me costara la vida después, iba a dar a la rama de un árbol, amarrados
por el pescuezo.
con su calma ordinaria; pero que interrumpió a veces con señales de indignación.
Al concluir Sánchez, Juárez exclamó:
–¡Eso es un escándalo, y es preciso acabar con él! ¿Qué desea usted para
ayudar al gobierno?
Entonces, animado Martín Sánchez por esas frases del presidente, lacónicas
como todas las suyas, pero firmes y resueltas, le dijo:
–Lo primero que yo necesito, señor, es que me dé el gobierno facultades
para colgar a todos los bandidos que yo coja, y prometo a usted, bajo
mi palabra de honor, que no mataré sino a los que lo merecen. Conozco a
todos los malhechores, sé quiénes son y los he sentenciado ya, pero después
de haber deliberado mucho en mi conciencia. Mi conciencia, señor,
es un juez muy justo. No se parece a esos jueces que libran a los malos
por dinero o por miedo. Yo ni quiero dinero ni tengo miedo.
Lo segundo que yo necesito, señor, es que usted no dé oídos a ciertas
personas que andan por aquí abogando por los plateados y presentándolos
como sujetos de mérito que han prestado servicios. Desconfíe usted
de esos patrones, señor presidente, porque reciben parte de los robos y se
enriquecen con ellos. Por aquí hay un señor que usa peluca güera, que
toma polvos en caja de oro, y que recibe cada mes un gran sueldo de los
bandidos. Ese da pasaportes a los hacendados para que pasen sus cargamentos
de azúcar y de aguardiente sin novedad, pagando por supuesto
una fuerte contribución. Ese, con el mismo dinero de los plateados, se procura
influencias y nombra autoridades en la tierra caliente, y liberta a los
presos, como liberó al Zarco, el otro día, un ladrón y un asesino que merecía
la horca. Ese, por fin, es el verdadero capitán de los plagiarios, que
vive de los robos y sin arriesgar nada, y ese, si yo lo viera por mi rumbo,
aunque me costara la vida después, iba a dar a la rama de un árbol, amarrados
por el pescuezo.
<<–Bueno –replicó Juárez, después de leer las cartas y guardándolas en
seguida–, no tenga usted cuidado por él; ya no libertará a ninguno. ¿Qué
más desea usted?
–Armas, nada más, armas, porque no tengo sino unas cuantas. No necesito
muchas, porque yo se las quitaré a los bandidos, pero para empezar,
necesitaré cien más.–Cuente usted con ellas. Mañana venga usted al Ministerio de la Guerra
y tendrá usted todo. Pero usted me limpiará de ladrones ese rumbo.
–Lo dejaré, señor, en orden.
–Bueno, y hará usted un servicio patriótico, porque hoy es necesario
que el gobierno no se distraiga para pensar sólo en la guerra extranjera y
en salvar la independencia nacional.
–Confíe usted en mí, señor presidente.
–Y mucha conciencia, señor Sánchez; usted lleva facultades extraordinarias
pero siempre con la condición de que debe usted obrar con justicia,
la justicia ante todo. Sólo la necesidad puede obligarnos a usar de estas
facultades, que traen tan grande responsabilidad, pero yo sé a quién
se las doy. No haga usted que me arrepienta.
–Me manda usted fusilar si no obro con justicia –dijo Martín; Juárez se
levantó y alargó la mano al terrible justiciero.
Al ver a aquellos dos hombres pequeños de estatura, el uno frente al
otro, el uno de frac negro, como acostumbraba entonces Juárez, el otro de
chaquetón también negro; el uno moreno y con el tino de indio puro, y el
otro amarillento, con el tipo del mestizo y del campesino; los dos serios,
los dos graves, cualquiera que hubiera leído un poco en lo futuro se habría
estremecido. Era la ley de la salud pública armando a la honradez
con el rayo de la muerte.
seguida–, no tenga usted cuidado por él; ya no libertará a ninguno. ¿Qué
más desea usted?
–Armas, nada más, armas, porque no tengo sino unas cuantas. No necesito
muchas, porque yo se las quitaré a los bandidos, pero para empezar,
necesitaré cien más.–Cuente usted con ellas. Mañana venga usted al Ministerio de la Guerra
y tendrá usted todo. Pero usted me limpiará de ladrones ese rumbo.
–Lo dejaré, señor, en orden.
–Bueno, y hará usted un servicio patriótico, porque hoy es necesario
que el gobierno no se distraiga para pensar sólo en la guerra extranjera y
en salvar la independencia nacional.
–Confíe usted en mí, señor presidente.
–Y mucha conciencia, señor Sánchez; usted lleva facultades extraordinarias
pero siempre con la condición de que debe usted obrar con justicia,
la justicia ante todo. Sólo la necesidad puede obligarnos a usar de estas
facultades, que traen tan grande responsabilidad, pero yo sé a quién
se las doy. No haga usted que me arrepienta.
–Me manda usted fusilar si no obro con justicia –dijo Martín; Juárez se
levantó y alargó la mano al terrible justiciero.
Al ver a aquellos dos hombres pequeños de estatura, el uno frente al
otro, el uno de frac negro, como acostumbraba entonces Juárez, el otro de
chaquetón también negro; el uno moreno y con el tino de indio puro, y el
otro amarillento, con el tipo del mestizo y del campesino; los dos serios,
los dos graves, cualquiera que hubiera leído un poco en lo futuro se habría
estremecido. Era la ley de la salud pública armando a la honradez
con el rayo de la muerte.
Como ven, ese es el ejemplo que debemos seguir, que nuestra indignacion no se vuelva miedo, que se vuelva una sentencia fugaz y terrible contra estos monstruos que acaban con nuestra soberania y nuestras vida. No debemos temer, debemos sacar la rabia, el odio que nos causan y manifertarnos, ya no de forma pacifica, sino de manera que estos sujetos sepan de nosotros, que nos teman, que deseen jamas haber sido lo que son.
Debemos acabarlos ya, perdamos el miedo! Y luchemos por nuestra paz y libertad!
HAGAMOS ALGO YA!
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